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martes, 26 de marzo de 2013

Agnès Varda: Ceremonial de la mesa vacía

Hasta el 31 de marzo, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo presenta la muestra de la cineasta y artista Agnès Varda Las dos orillas, consistente en fotografías, películas y varias instalaciones. El título hace referencia al mar, elemento presente en prácticamente todas las piezas de la exposición.






Sin embargo, más allá de esa presencia, si algo tiene de sugerente este título, es la posibilidad que ofrece de ser leído en relación con la propia obra de arte, en tanto ésta pone en relación dos realidades indefectiblemente separadas: la de la creación que la origina y la de su recepción que le da sentido y clausura. A este respecto conviene recordar que la llegada a la creación de Varda coincide con la nouvelle vague, verdadero tsunami que, entre otros aspectos, llevaría al replanteamiento del cine y su relación con el espectador, de lo que dan fe algunos títulos de la realizadora francesa como Cleo de 5 a 7, un intento de aunar la experiencia temporal de la representación y el visionado al menos en el plano de la duración.



Sin duda alguna, de entre todas las piezas incluidas en la exposición, es la instalación Les Veuves de Noirmoutier, 2005 (Las Viudas de Noirmoutier) la que mejor se ajusta a ese propósito de poner en contacto dos realidades distintas, resaltando el papel de la obra artística como elemento comunicador.


El elemento central de la pieza consiste en una proyección que muestra una mesa vacía colocada en una playa, frente al mar, en torno a la cual caminan, algo erráticamente, catorce mujeres de distintas edades, todas vestidas de negro. El sonido del mar, y ocasionalmente de un violín, acompaña las imágenes.


Rodeando esa proyección central se encuentran dispuestos catorce monitores de vídeo de menor tamaño cuyo audio solo es accesible a través de auriculares. Como si se tratara de un reflejo o de una sombra del conjunto anclado en la pared, en la sala se disponen las sillas con los auriculares que permiten acceder al contenido de los vídeos, dividiendo el espacio expositivo en dos zonas: la de la representación y la del espectador.


En cada uno de esos monitores una mujer distinta relata su historia de amor y la pérdida de ss esposos que la convirtió en una de las viudas a las que hace referencia el título. En el texto que acompaña la pieza, la propia Varda compara la pieza con una especie de políptico o de retablo, aunque son las diferencias con esta forma de representación tradicional, las que mejor ilustran las características singulares de esta instalación. Frente a la imagen fija del retablo, tenemos la imagen en movimiento, frente a la imagen que escucha las oraciones y las súplicas de los fieles, la imagen que habla, frente al espectador que ora ante las imágenes, el espectador con la potestad de oír lo que esas imágenes le cuentan.


La concepción de la obra deja al espectador la elección del grado de interacción con la misma. Puede limitarse a ver las imágenes y oír la música que acompaña a la proyección central. Pero puede también optar por una mayor participación y sentarse en el espacio reservado para ello y escuchar a través de los auriculares a esas mujeres. Dentro de esta opción también hay diferentes grados de implicación, pues puede elegir el número de testimonios que escuchará y durante cuánto tiempo.
¿Qué cuentan esas mujeres y por qué se ha elegido esa forma para transmitir su voz?
Como avanza el título, todas las mujeres son viudas de la localidad costera de Noirmoutier que hablan de su estado, de los recuerdos de su matrimonio, de lo que sienten en el momento de ponerse frente a una cámara, de la pérdida del ser amado, de la soledad. La ausencia de la que hablan esas mujeres es especialmente patente en la escena central. Vestidas de negro, se mueven en torno a una mesa vacía que subraya la línea del horizonte. En ella podría celebrarse un rito que nunca acaba de dar visos de ir a comenzar y que parece simbolizar esa ausencia del amado.


La presencia del mar junto a esas mujeres nos remite a dos figuras míticas relacionadas con los marinos.
La primera de ella es la de Penélope. Las mujeres de Noirmoutier saben que no hay retorno posible de Ulises. Su duelo conforma los nudos de su telar particular y por eso giran sin reposo en torno a esa mesa tan vacía como el mar y el cielo.
La otra figura es la de las sirenas, de la que se hace una inversión. Si su canto atraía fatalmente a los marinos, haciendo que los compañeros de Ulises cerraran sus oídos con cera, la instalación de los auriculares invita al espectador a abrir sus oídos a las voces de las viudas. Escuchar aquí ya no es algo que conduce a la muerte, sino un acercamiento que quizá aporte un efecto terapéutico sobre quien toma la palabra y brinde al espectador la ocasión de identificarse con el otro.



Porque, en definitiva, la pieza trata de articular formalmente la dificultad de ponerse en el lugar del otro, de compartir el dolor más allá de una momentánea y compasiva identificación. Una vez que se acepta esa invitación, la obra de arte se conforma como un posible ceremonial, por débil que sea, de comunicación, entre dos humanos, entre dos orillas.



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